Download the demo and whislist on steam and epic games store

Prologo El torreón relampagueante

Todo empezó en una noche de tormenta

Marcos Aguasanta

2/13/201819 min read

El torreón relampagueante

Wentworth y Baptiste

—Muchas veces me he hecho esta pregunta: ¿por qué escribo? Quizás lo hago porque la escritura me permite cambiar lo que el tiempo me quitó y las circunstancias decidieron no brindarme. Quizás lo hago porque a mi edad podría ser lo único que me quede… Por recuperar la sensación de control, la fuerza para oponer resistencia, la entereza para nadar a contracorriente. O quizás para mitigar la certeza de que una pluma será la última espada que mi decrépito cuerpo me permita blandir. Sin embargo, tras haber escrito durante tantas décadas, he llegado a cuestionarme a mí mismo tan profundamente que tengo la sensación de haberme perdido en una búsqueda interminable.

»¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que mi corazón no se estremezca cuando la crueldad de la vida pasa ante mis ojos? ¿Por qué veo la vida desde un prisma cínico? Como si esta aconteciese en la lejanía y yo estuviera a salvo de sus horrores. Las desgracias ajenas me maravillan y me perturban por igual. También lo hacen la sordidez y la putrefacción que deja tras de sí nuestro paso por la existencia. ¿Habré abandonado ya mi humanidad? Muy a menudo, mucho más a menudo de lo que jamás reconoceré, pienso que quizás dentro de mí haya algo oscuro, algo aterrador pujando por salir. Cada vez que tengo aquellos sueños en que me encuentro suspendido en esa infame masa negra, esa posibilidad se hace más cierta. Sin embargo, cuando logro zafarme de ella y empiezo a vomitar aquella melcocha oscura, me doy cuenta de que aquel mal ya había calado en mí mucho antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.

»Todo es un espejismo. Un hecho, tras ser vivido, abandona su naturaleza tangible para convertirse en recuerdo; y en recuerdo se convierten tanto fantasías como hechos. ¿Quién se atreve a afirmar que tiene la certeza de qué es la realidad? ¿Quién cree poder saber qué es fantasía o para qué sirve? Cuando subo a aquella torre y las nubes se arremolinan alrededor de este volcán y los relámpagos acechan este bosque traicionero, ¿quién puede atreverse a decirme que no hay poder en lo que hacemos? Estáis empeñados en negarme la evidencia, y no os culpo; sé que me protegéis de mí mismo. Pero esa protección me está negando mi propia naturaleza. Quizás las cosas deberían seguir su curso y ese proceso de autodestrucción inevitable debería desarrollarse hasta que finalmente acabe conmigo… solo alargáis mi sufrimiento.

—Wentworth, estás divagando. Deberías intentar relajarte —le aconsejó Baptiste alzando los ojos por encima de una taza humeante de té—. Ya sabes que la inspiración no se puede forzar, debemos dejar que nuestras experiencias llenen los depósitos de nuestra imaginación para que esta fluya. Dándole más vueltas solo conseguirás frustrarte, deberías dejarlo durante unos días. Ya verás cómo volverás a la carga con las fuerzas renovadas y con las musas esperando por ti.

—No pienso parar. Aldrich está solo en Evernoth. ¿Qué será de él todo ese tiempo? El pobre sufre tanto cada vez que se encuentra allí solo. El mundo que le rodea duerme en un pétreo descanso mientras él lo contempla, y ya no me quedan fuerzas. Desde que Rose se fue, se acabó todo.

—Wentworth, ya lo hemos hablado. Aldrich es solo el personaje de un cuento. No existe. Y Rose nada tiene que ver con tus novelas, ella no te despojó de nada. No puedes hacerla responsable de tu falta de inspiración. Ella necesitaba tener una vida propia, lejos de los muros de esta mansión, que más que un hogar parece un ataúd.

—¡¿Como te atreves a decir eso?! —gritó Wentworth repentinamente fuera de sí—. Yo creía que podía confiar en tí… —dijo con los ojos desorbitad0s—. ¡Te lo dije! No le gusto… —empezó a balbucear con una voz repentinamente aguda—. ¡No le gusto! —volvió a gritar—. Me odia, siempre me ha odiado. Está celoso…

Baptiste se acercó a Wentworth, decidido.

—No pasa nada, Wentworth. Mírame a los ojos —le dijo inclinándose, tratando de coger su mano para establecer un lazo de confianza entre ambos, pues no quería que se alterase aún más.

—¡No! Déjame, tú solo quieres que yo me vaya —repitió imitando la voz de un niño—. Siempre quieres que me vaya, ya no quieres que Wentworth venga conmigo. Él solo quiere ir a Evernoth conmigo y tú no le dejas.

—¡Vamos, Wentworth! ¡Vuelve en ti, escúchame!

—¡No quiero! —le gritó a la cara en un berrinche.

—Tú crees que estamos locos y no es así; eres tú el que ya no puede recordar. No nos quiere. Seguro que se alegró el día en que desaparecí. Tú eres el culpable de que Rose no quiera volver a casa.

Entonces, su voz cambió súbitamente, volviendo a la normalidad.

—No te preocupes, yo sé que estas aquí. No importa lo que los demás piensen, nosotros sabemos la verdad —Baptiste seguía sosteniendo su cara intentando que volviese en sí, escudriñando en lo más profundo de la mirada extraviada de Wentworth.

—Baptiste también te quiere —afirmó Wentworth con la mirada perdida dentro de sí mismo—. Muy pronto volveremos a ir todos a Evernoth, en cuanto Rose vuelva. ¿No es así, Baptiste? Dile a Aldrich que esperas con ansia a que Rose vuelva y que cuando lo haga volveremos a Evernoth.

Baptiste respiró profundamente. Sabía que debía seguirle un poco el juego pues contrariarlo solo podía traer problemas.

—Claro que sí. Todo volverá a ser como antes, como cuando éramos niños, y surcaremos los vientos en la presteza, recogiendo los rayos de las nubes para intercambiarlos por lágrimas ferales. Volveremos a ver a Lin, a Merle, exploraremos los tesoros del bosque húmedo, y oiremos a las flamígeras entonar sus canciones en el desierto púrpura.

Wentworth empezó a sonreír como un niño soñador imaginando todos aquellos encuentros y lugares. Pero algo volvió a oscurecer su mirada.

—Nadie nos cree Baptiste. Cuando se lo explicamos a la gente, no nos creen, ni siquiera tú. ¿Por qué dices esas cosas tan feas? ¿Por qué le dices a Wentworth que no existo?

Baptiste permanecía absorto acariciando su mejilla, acuclillado a sus pies, con la certeza de que aquel contacto evitaría que se abandonara a la locura.

—Aldrich, cada vez que apareces le haces daño, mucho, mucho daño. Wentworth ya no es capaz de ir contigo a Evernoth, ya no le quedan fuerzas.

Ante aquellas palabras, Wentworth se encogió de hombros compungido, como un niño que ha sido regañado. Un instante después, volvió a su ensimismamiento y, con la mirada perdida, continuó con su discurso. De repente, aquel niño que pujaba por cobrar control sobre su mente desapareció.

Los dos permanecieron en silencio mientras el fuego de aquella chimenea bicentenaria crepitaba. Baptiste seguía acuclillado delante de él, prodigándole repetidas caricias, hasta que posó la cabeza en su regazo, rendido. Entonces, Wentworth prosiguió con su soliloquio.

—Al crecer, mis sueños se fueron ennegreciendo y poco a poco dejaron de ser aquellas reconfortantes escapadas a lugares donde podía olvidar para convertirse en lugares ruinosos donde solo habita la melancolía. La realidad los convirtió en aguas negras, en el albergue de mis miedos más profundos. ¡Qué traicionera es la mente! Qué confusa la realidad…

Baptiste derramó un par de lágrimas sobre su regazo. Wentworth empezó a acariciar su cabello afro.

«Wentworth está peor cada día», pensó Baptiste. Últimamente saltaba de sus ensimismamientos a esos brotes de locura tan a menudo que él era incapaz de recordar la última vez que habían mantenido una conversación real. Parecía perdido en su mente, ahogado en sus escritos, divagando sobre la pérdida de sus recuerdos y sobre un hermano gemelo que nunca había tenido.

—Se deshace entre tus dedos y no queda de ella más que destellos difusos en la distancia. Aquellas ilusiones que resplandecen con el candor de un buen recuerdo hoy me son inalcanzables; se valieron de mi vanidad y, en alianza con la fortuna, despedazaron mi alma. Llenaron mi corazón de coloridos anhelos de los que brotaron grises decepciones.

Ya no quedaba rastro de aquel arranque de ira. Ahora Wentworth estaba ensimismado, absorto en sus propios recuerdos. Baptiste pudo respirar tranquilo; no quería tener que sedarle, pues ese día esperaban grandes noticias y quería poder compartirlas con él.

—¿Cómo te encuentras? ¿Quieres un poco más de té? —le preguntó Baptiste levantándose a por la tetera de cerámica que había sobre la mesita. La luz del atardecer temprano iluminaba la estancia en la que Baptiste y Wentworth combatían el frío de una nevada tarde de febrero.

—Ah, sí… Sí, claro —le respondió él abandonando aquel estado de trance—. Eso me ayudará a relajarme. Aquellos parajes me despojaron de los últimos restos de mi maltrecha inocencia, mi único tesoro. Me robaron a mi hermano y junto con él se esfumó la felicidad… Mi felicidad, la de mi madre, la de mi padre... Y la tuya.

Wentworth guardó silencio durante unos segundos mirando a Baptiste a los ojos. Una mezcla de melancolía y decepción hicieron brotar de aquella mirada azul un par de tímidas lágrimas. Había visto el leve enrojecimiento en los ojos de Baptiste cuando este le servía el té en una taza de porcelana. Wentworth se sentía decepcionado, una carga para Baptiste. Tenía la certeza de jamás poder recompensarlo con el amor que su devoción merecía. Se sentía decepcionado por haber desperdiciado la oportunidad de hacerlo en el pasado, por haber descuidado lo que a fin de cuentas era lo único y lo más valioso que tenía. La persona que ponía orden y le daba sentido a la desaforada manera en que había vivido la vida y a las atroces consecuencias que ello le había traído.

—Sé que estar junto a mí es difícil… Seguramente insoportable. No sé cómo aún te quedan fuerzas. Aquel día me perdiste. El día en que Aldrich se fue, lo perdí todo. Aquel día empecé a escribir aferrándome a ese mundo perdido, a esa idea de felicidad, y ello me ha consumido por dentro. Quería darle un mundo a Aldrich, quería crear un lugar donde Aldrich pudiera ser feliz, pero incluso él ha cambiado. Soy incapaz de traer aquella inocencia de vuelta y su alma se ha ennegrecido, tal como lo hizo la mía. Pero si lo perdí fue culpa mía: le expuse a la misma ponzoña que envenena mi alma... Aquí sigo, cada tarde lo mismo, cada tarde buscando maneras de reconstruir ese viejo mundo. Un mundo que antaño era una realidad y que hoy no es más que ruinas. El harapiento deseo de revivir las aventuras que perecieron con mi niñez.

—¿Quieres subir a la torre ahora?

—Sí, por favor —dijo Wentworth en una exhalación.

Baptiste le acercó la taza de té.

—Necesitas que te acompañe, hoy estas algo alterado.

—No —dijo Wentworth de forma áspera.

Baptiste reaccionó instantáneamente con un gesto contenido al que no pudo anticiparse, la clase de gesto que solo Wentworthworth conocía.

—No… prefiero que no. Últimamente no soy capaz de hacerle justicia a las bellas melodías que compones para mí —afirmó Wentworth, preocupado por que su negativa no sonase como un rechazo.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, algo entre su estómago y su pecho se estremeció: la certeza de su fracaso, de todos sus fracasos, se agolpaba junto a sus sentimientos pues se había dado cuenta de cómo había desperdiciado toda su vida y lastrado las vidas de cuantos se habían cruzado por su camino. Baptiste estaba siempre ahí para él, había abandonado su música para estar permanentemente con él a pesar de que el mal que aquejaba a Wentworth le hacía muy peligroso.

—Soy tan afortunado de tenerte en mi vida —dijo Wentworth con los ojos enrojecidos a punto de verter un par de lágrimas sobre sus mejillas—. Siempre has estado ahí dándome apoyo. Eres la persona más fuerte y tenaz que jamás haya conocido.

Baptiste lo dejaba hablar esperando el momento oportuno para intervenir e intentar dirigir el tema de conversación a uno más alegre. Estaba acostumbrado a aquellas subidas y bajadas. Aquellos periodos de enajenación eran comunes en alguien con su enfermedad, pero Baptiste simplemente se limitaba a escucharlo, a dejar que se desahogara. De alguna manera se alegraba por la locuacidad con la que construía su discurso. El deterioro no le había llevado a perder facultades en el lenguaje y aquello era un alivio, pues los peores momentos le venían cuando tenía la sensación de no poder escribir. La angustia y la desesperación que le embargaban eran mucho peores que los brotes psicóticos.

Wentworth estaba sentado frente a la chimenea, vestido de forma elegante, tratando de mover un cuerpo grande que en otra época le había sido motivo de orgullo. Baptiste admiraba su belleza y el regio porte que le distinguía. Sin embargo, había visto cómo los años le habían pasado factura hasta convertirlo en poco más que los escombros de lo que fue.

Baptiste guardaba en su interior un buen puñado de inquietantes pensamientos que le reconcomían por dentro y, a pesar de la calma con la que se mostraba, tras aquella mirada había una inquietud poco habitual, una inquietud de la que Wentworth se percató. Estas preocupaciones se arremolinaban en su mente cuando observaba a Wentworth levantarse del sofá. Esto le llevó a tomar una decisión.

Él había visto crecer a Wentworth y ya desde muy temprano en su amistad había sentido algo más que afecto fraternal. Podía ver en él un atractivo más allá que la simple afinidad, incluso cuando había descubierto sus más terribles defectos. En la mirada de Baptiste siempre había habido una cierta admiración; pero, sobre todo, deseo. Lo había visto evolucionar, crecer, madurar y precipitarse a la decrepitud.

Ochenta y tres años hacía que convivían. Ochenta y tres años hacía que se amaban. Ochenta y tres años juntos que se habían desvanecido como el humo.

Para Baptiste no había manera más fría de cuantificar el amor y el sacrificio que en un número, lo sentía como reducir a una ridícula fórmula, a una simple suma de años, todos aquellos momentos de alegría y tristeza, de sacrificio y de convivencia. A su entender, un número no era capaz de evocar todo eso; mas bien, lo despojaba de la importancia con su mera intensión supresora, pues no había nada que pudiera representar o describir el gran amor que aquellos años juntos representaban.

Los matices de su amor, los pequeños detalles y la complejidad barroca con la que él vivía aquellos sentimientos… La tormenta del querer era su oxígeno y, aunque jamás lo reconocería ante nadie, había descubierto que amaba aquellos conflictos constantes a los que Wentworth le había expuesto durante toda su vida. Aun sabiendo que era erróneo, aquellos sacrificios eran la forma más sincera de demostrarle su amor.

Para Wentworth, levantarse del sofá se había convertido en un esfuerzo titánico. Aquella lastimosa escena le devolvió al pasado cuando los dos eran jóvenes, a la época en que él y Baptiste compartían tanto las motivaciones como el vigor y las creencias. La época en que los dos se sentían dichosos de tenerse el uno al otro y no solo por los motivos que da la vejez tras ver tu mundo desparecer, sino por la consciencia de todo lo que compartían el uno con el otro.

¿Amigos? ¿Camaradas? ¿Amantes? Compañeros de vida... ese era el término, su término. Sin embargo, en aquellos momentos Wentworth solo deseaba volver a ver en Baptiste aquel orgullo, aquel deseo que ahora se había tornado en una preocupación constante y ese miedo que le acompañaba desde que había perdido las fuerzas para luchar. La felicidad de Baptiste era algo que le llenaba, aunque a menudo lo había olvidado en pos de ensoñaciones y melancolías de un tiempo pretendido mejor.

En aquel instante tambaleante en un sofá centenario de terciopelo verde, Wentworth temía que jamás podría ver aquella sonrisa amplia y aquel pecho henchido de orgullo por él. Ahora solo podía ver un entrecejo ligeramente fruncido de preocupación y la latente angustia que Baptiste intentaba disimular. Unas emociones que se acrecentaban a medida que Wentworth se quedaba mustio y marchito.

Pero la vejez nada sabe del orgullo, la vanidad o la indolencia. La batalla estaba perdida, Baptiste lo sabía, Wentworth también. A pesar de ello, Baptiste solo ayudaría a Wentworth en su titubeo en el momento en que fuese inevitable.

Baptiste se levantó corriendo a sostenerlo al verlo trastrabillar.

—No hacia falta que me ayudases, Baptiste. Ya podía yo…

—Prefiero ser precavido que tenerte en cama incapacitado. Eres el peor enfermo del mundo y ya bastantes caprichos te consiento como para tenerte postrado en cama. No quiero verme obligado a tener que consentirte aún mas —le dijo ayudándole a ponerse en pie.

—Ese es tu trabajo, consentirme —le dijo Wentworth solemne, con una ensayada mirada altiva.

—¿Ah, sí? ¿Ese es mi trabajo? Bueno, pues ten cuidado, no sea que decida que mi trabajo sea empujarte escaleras abajo —le espetó él con tono incisivo.

—¡Jamás! —exclamó Wentworth de forma dramática—. Eso no sería propio de ti. Una muerte tan violenta… —arrastró la última palabra—. No lo sé, creo que para ti sería más fácil envenenar o mandar a matar, quizás. Pero ¿empujar por unas escaleras? Lo veo demasiado notorio, muy dramático, y… a ver, ¡no me malinterpretes! Tú tienes tu toque teatral, pero es más sutil; tú atraes con las artes del silencio. Eso es lo que hace que nos complementemos tan bien. Yo siempre he sido algo más expansivo…

—Extravagante, diría yo —le interrumpió Baptiste.

—Bueno, mi querido Baptiste, no seré yo quien enfrente nuestras capacidades de ser extravagantes. Sin embargo, debo recordarte que naciste y creciste en un país donde a la gente como tú se la exhibió en el zoológico hasta 1960.

—Sí, la ignorancia de tu gente es apabullante.

—De eso no hay duda, pero si me permites continuar… como la persona que disfruta del privilegio y la desgracia de ser quien mejor te conoce en este condenado mundo, te digo que algo tan estridente no va con tu estilo… ¿Quizás ahogarme en la bañera? Umh, aunque no te gusta nada mojarte sin necesidad. Sin embargo, tu orgullo no te permitiría que fuese otra persona la que segase una vida cuyo fin fuese dictado por tu voluntad. ¡Ah! No sé… Se me hace difícil encontrar esa muerte dramática, paradójica y probablemente llena de simbolismo con la que pondrías fin a mis días. Pero concluyo sin dar respuesta a las hipótesis anteriormente planteadas diciéndote que tirarme por las escaleras no sería el método que utilizarías para matarme.

Dicho esto, Wentworth agarró su bastón y se alejó.

—¿Adónde vas? —le preguntó Baptiste, esperando que finalmente acabase aquel discurso interminable.

—Me voy…

—Supongo que estarás satisfecho con esa respuesta. Yo siento mi curiosidad completamente saciada —dijo Baptiste con expresión irónica y acusadora

—Van a ser las seis.

En aquel preciso momento las campanas del Torreón empezaron a sonar. A Baptiste se le encogió el corazón un poco: había llegado la hora, la hora fatídica en que el día y la noche se funden. En aquel momento, Baptiste sintió la horda de sensaciones que le sobrecogían. Sin embargo, había poco que pudiera hacer pues el momento había llegado

—Nuestro nieto está a punto de nacer… —le advirtió Baptiste—. El día de tu cumpleaños.

—Sí. Otro niño que nacerá sin vida.

—No tiene por qué…

—Sabes que será así. Sabes que tiene que ser así.

Baptiste le miró con suspicacia, pero cambiando el tema de conversación le dijo:

—Espera, que te acompaño.

—¿Como? ¿Por qué?.

—Wentworth, estás débil. Deja ese estúpido orgullo. No tienes que aparentar, conmigo no… Además, me gusta ayudarte. Y tengo ganas de tocar el piano.

—Bueno, es que no quiero ponerme nervioso. Hace semanas que me siento delante del libro en blanco y no logro escribir nada que valga la pena. Cuando logro sumergirme en Evernoth solo llego a ver ruinas y ceniza, nada del apacible mundo que creamos juntos.

—Wentworth, estás muy débil. Me prometiste que no volverías a Evernoth hasta que no recobraras las fuerzas.

—Ya qué más da, Baptiste. Ya no me quedan fuerzas para continuar y no tenemos ningún heredero al que dejarle nuestro legado. Déjame disfrutar del tiempo que me queda.

Baptiste guardó silencio.

—Además, te lo he dicho: ya ni siquiera consigo inspirarme para nada.

Llegaron a la biblioteca tras recorrer decenas de pasillos. Allí les esperaba una sala en cuyo centro se encontraba un piano de cola, el piano en el que Baptiste se sentaba a tocar mientras Wentworth era guiado por su inspiradora música. Lo guiaba hacia mundos maravillosos, los mundos maravillosos con los que Baptiste debía compartirle y que Baptiste había dejado de visitar, celoso por la incapacidad de Wentworth de desprenderse de ellos. Pero Wentworth era feliz de aquella manera y, para Baptiste, una sonrisa de Wentworth valía mas que la incómoda certeza de saber que, por mucho que lo intentara, él siempre iba a estar en un segundo lugar, justo después de Evernoth. Justo después de los traumas de su infancia, que lo hacían obsesionarse con aquel mundo de ensueño.

Una pila de libros descansaba sobre el piano de cola, en el escritorio de Wentworth ubicado a pocos metros había tinta, pluma, papeles arrugados y unos cuantos volúmenes de libros antiguos que estudiaban juntos desde hacia decenios en busca de respuestas. En el centro de la estancia, un libro de tamaño códice abierto por la mitad con las páginas en blanco esperaba a que Wentworth blandiera su pluma sobre él y dejase fluir los ríos de tinta. El libro era de cuero rojo con los cantos reforzados con metal. En la portada, refulgía áureo un grabado en el que se hallaba escrito el nombre «Evernoth».

Baptiste ayudó a Wentworth a sentarse…

—Si nace mañana, el niño cumplirá años el mismo día que tú. Ya sé que no te gusta que te hablen de tu cumpleaños, pero... bueno, si es así…

—¿Qué vas a tocarme hoy? –respondió Wentworth, evitando las palabras de Baptiste.

—La canción «Luz de alba» —le respondió él.

—La canción de los inicios… No pienso repetírtelo, pero tampoco te lo puedo sacar de la cabeza: deja de pensar en ese niño como si no estuviera destinado a morir antes de ver la luz del sol.

Esta vez fue Baptiste el que obvió las palabras de Wentworth.

—La toco porque mañana es tu cumpleaños, y esta fue la primera canción que compuse para ti.

—Sí, me acuerdo. De entre todos aquellos huérfanos, mi madre se enamoró de ti por tu música. Quién le diría a mi madre que precisamente tú deberías haber heredado todo esto. El racista de mi padre se puso furioso cuando te acogió como su pupilo y no le permitía mangonearte como si fueras del servicio.

—Tu padre era americano y así se comportaban allí en aquella época.

Los dos guardaron silencio durante unos segundos. Baptiste recogía montones de papeles que cubrían todo el piano y Wentworth rebuscaba entre sus libros.

La biblioteca de la mansión Crowley era inmensa y tenía tantos libros que harían falta dos o tres vidas enteras para poder leerlos todos. Aquel era unos de rincones favoritos de ambos, un lugar que destilaba magia: una biblioteca construida en lo que antaño había sido la capilla de la misión, una antigua iglesia gótica alrededor de la que se había construido aquella gran mansión. El piano y el escritorio de Wentworth estaban posicionados delante del altar, sobre el que ahora brillaba un rosetón enorme, una especie de mandala que se dividía en tres círculos concéntricos formados por doce círculos, los unos al lado de los otros.

—¿Sabes? Esa canción siempre me ha resultado fascinante. Fue el primer sello que creaste. Cuando me contaste cómo funcionaba me pareció una forma fascinantemente creativa de crear un sello.

—Sí, una imagen se encierra en tu subconsciente y echa raíces. La música la hace crecer.

—Verdaderamente, tú eres el visionario. Lástima que tengas tanto miedo a dar rienda suelta a tus dones.

—Yo solo tengo miedo a perderte…

—Baptiste, no nacerá vivo. Si pudiera hacer que fuera de otra manera, lo haría, pero no está en mi mano ni en la tuya.

Baptiste rozó su hombro y se inclinó levantando la barbilla de Wentworth; se acercó para darle un beso en los labios. Wentworth notó los labios carnosos de Baptiste y por un instante sintió aquello como una despedida, como un beso dado al frío cadáver de un amado a punto de se depositado en las entrañas de la tierra.

Al ver los ojos verdes e intensos de Baptiste, Wentworth pudo ver el enrojecimiento y el reflejo cristalino de las lágrimas al acumularse sobre sus párpados inferiores. Baptiste no dio lugar a la más que evidente perplejidad de Wentworth y lo dejó preguntándose qué se perdía, a qué se debía aquel súbito arranque de emocionalidad. La opción que le había pasado por la cabeza era tan absurda que ni si siquiera le iba a dar crédito nombrándola.

Baptiste entonó la melodía a la perfección: era una pieza de piano que empezaba ligera y alegre, una canción inspirada en su amistad y en su niñez juntos. La misma canción que había tocado tantas veces que Wentworth podía reconocerla nota a nota. Una canción que había inspirado las mejores de sus obras. Una de tantas muestras de todo lo bueno que habían vivido juntos.

La canción empezaba con un ligero y bello ostinato; luego seguían dos voces que parecían perseguirse retozonas, imitándose alegres con la cadencia del gorgoriteo de un pájaro. A medida que avanzaba, la pieza iba ganando complejidad: los tonos agudos y tintineantes del ostinato se iban convirtiendo en tonos graves y melancólicos. En la última estrofa, entonaba el mismo ostinato en un tono grave y rotundo mientras las dos voces seguían persiguiéndose cada vez más leves, perdiéndose en la distancia, hasta que al final tanto el ostinato como las dos voces desaparecían.

La mente de Wentworth se quedó en blanco por unos instantes. Cerró los ojos y empezó a visualizar la biblioteca en sus pensamientos, donde archivaba las imágenes que le transportaban a esos lugares plácidos y maravillosos. Por primera vez en semanas encontraba la inspiración, se veía capaz de entrar en Evernoth. Entonces se dispuso a escribir.

Aquí necesito crear un ambiente siniestro al Wentworth escribir relacionado con los rayos(crear la simultaneidad de la iluminación de la torre con la tormenta)

Fuera de aquella habitación empezaron a sonar los truenos, como pasaba cada vez que Wentworth se disponía a escribir. Un acontecimiento que muchos encontraban fortuito y que otros utilizaban para alimentar retorcidas leyendas urbanas y macabras historias sobre los habitantes de la mansión Crowley y sus alrededores. No exentos de acontecimientos sospechosos, los pobladores de XXX contaban también con un buen puñado de relatos paranormales que los horrorizaba y fascinaba a la vez.

A las ocho de la tarde del día doce de febrero de 1991, Rose Crowley empezó a sentir molestias, un dolor punzante y agudo en el vientre. Aquello era la señal: ya venía. Ese era el cuarto intento; sus tres bebés anteriores habían nacido sin vida, como si al momento de pasar a formar parte de este mundo alguien les hubiera robado el hálito vital, pues, sin razón aparente, nacían muertos aún cuando antes de salir de su vientre parecían perfectamente sanos.

Rose había perdido completamente la esperanza esa vez. De no haber sido por el apoyo de Dan, su marido, y de su padre, Baptiste, jamás se hubiera prestado otra vez a quedar embarazada.